Un volcán dormido en el corazon de Africa

domingo 5 de octubre de 2003

Taxi-blog


Los taxis en africa no son sólo medios de transporte, sino lugares de encuentro. Pequeños blog, si así se puede entender mejor.
En Camerún un taxi es un coche pintado de amarillo donde hay un conductor, un taximan, normalmente bamileké. Suele ir bien vestido, como mi amigo Prestige, que va siempre de traje y corbata. Algunos llevan sobre el cuello una toalla de baño, para que el sudor no les manche la ropa y todos, todos, llevan pañuelos de papel en el salpicadero.
En Camerún los taxis se comparten, deambulan por la ciudad y van recogiendo y escupiendo pasajeros en cada calle, tratando de hacer un recorrido lo más derecho posible, para evitar enfados de clientes avezados y de no sobrecargarlo a más cinco plazas.
El chofer lleva el hilo de la conversación, y en cada esquina baja la música y escucha los destinos que le lanzan.
- Akwa Nord, deuxcents !
- Boulangerie Saker!
- Rond Point Deido!
El destino que se encuentra en su recorrido es respondido con un doble claxon y el taxi se detiene para que el pasajero se acomode.
Al entrar, siempre te encuentras con una conversación. Comentarios sobre alguna de las noticias que va escupiendo la radio, comentarios sobre artistas, sobre la policía, sobre los blancos o sobre alguien importante que murió antesdeayer.
Los posts y los coments se suceden y se renuevan con cada nuevo pasajero que acierta a entrar en el taxi, dando nuevos giros a la cuestión, nuevos puntos de vista.
Y el conductor del taxi retiene el hilo y argumenta con comentarios de otros pasajeros que ya salieron dos barrios más allá. Y se sabe que los chóferes conocen mucho, casi todo cuanto ocurre en la ciudad; tanto que a menudo se comentan luego sus noticias como si formaran parte del telejournal de las 20 horas.
- ¿Sabes que ayer un padre ha cortado la cabeza a sus hijos?
- ¿No me digas? ¿De verdad?
- Sí, me lo dijo el taximan que me trajo. Ha ocurrido en Camp Yabassi, un tchadiano, le quería vender las cabezas a un blanco que le había prometido tres millones por cada una.
- Oh! Por tres millones, ¡qué barbaridad! Los blancos son salvajes.

viernes 3 de octubre de 2003

Pipeline Tchad-Camerun. Daños colaterales



UPDATE
Tras el comentario de Fulana, siento la necesidad de añadir algo a esta foto, prueba de la tragedia que vive áfrica.
La compañía que construyó el oleoducto, se comprometió con el gobierno y con los medios a replantar la franja de selva que era necesario talar para enterrar el tubo. A lo largo del trazado del pipeline, construyeron semilleros que luego se fueron abandonando y nadie se ocupó de replantar. Los árboles cortados, de evidente valor por sus dimensiones, era etiquetado (como ven en la foto) y vendido a los traficantes de madera ilegal que cada día se exporta.
Aún si se hubiera replantado haría falta esperar cientos de años para reparar el daño que se le ha hecho a la selva primaria más importante de africa.
Yo no puedo pararlo, pero sí contarlo. Y ustedes pueden saberlo.

jueves 2 de octubre de 2003

Dios único


Hasta el siglo XIX, Africa subsahariana era un puzle de tribus y familias cada una gobernada por un sistema de nobles y jefes, gobernantes considerados por su pueblo como la expresión directa de dios creador.
Todos los pueblos africanos han creído en dios. Un dios único. Un creador de la tierra, de los animales, un engendrador.
Un padre a quien hacían oración en el recogimiento de lugares naturales especialmente señalados para ello.
Un dios todopoderoso quien hablaba a través de los jefes y concedía dones a quienes fueran dignos de ello.
Un dios sabio y justo, que no deseaba que sus hijos mueran ni sufran.
Un dios que detenía la moral y el destino de un pueblo.
El sucesor de un jefe recibía la conexión con dios a partir de su nombramiento durante un perí­odo de tiempo conocido como iniciación, varios meses en los cuales los notables le acompañaban en el proceso, pues se decía que un jefe no muere, sino que duerme. Y se despierta en el cuerpo de su hijo que eligió como sucesor.
Los sanadores y adivinadores no se formaban de padres a hijos, sino que recibí­an el conocimiento directamente por revelación, generalmente tras un proceso de locura, que culminaba con la recepción del poder de divino.
Así, el mal era considerado como la separación de los dictámenes divinos, los cuales debían ser escuchados a fin de detener este mal.
Y la muerte, nunca era natural. Porque no pensaban que dios se fuera a resignar al dolor de sus hijos. La muerte, sin duda, era resultado del error humano, o fruto de la perversidad de hombres corrompidos, de bestias o de pueblos guerreros extranjeros.
Y existía ese temor ingenuo, virtud infantil signo de pureza y de confianza en el ser superior y en el buen destino, la precaución que asegura la supervivencia en un medio hostil.
Después llegaron los hombres blancos, que eran tecnológicamente superiores y trajeron consigo a su dios.
Africa subsahariana vive en estado de shock.
Por un lado, sometidos a la civilización invasora, sin remedio, resignados a la inferioridad.
Por otro, seguros de sus valores tradicinales, sonríen con ironí­a todo lo nuevo, de forma que las nuevas religiones entran en áfrica sin freno ni razón, y todo africano, además de tener televisor, refrigerador y auto, añaden a la lista de sus occidentalizaciones la de pertenecer a tal o cual iglesia.
Y todas estas creencias, salvo excepciones heróicas, se superponen como un manto aterciopelado de importación a su religión ancestral, única y verdadera.
Hasta el punto que un misionero español a quien quiero mucho, le gusta decir que los católicos bamilekes viven bajo una sobrecarga moral. Todos rinden oficio de la religión tradicional, aquella llamada animista en los manuales, y además se ocupan de los ritos católicos.
Yo añado que lo mismo ocurre con los musulmanes, los protestantes, los testigos de jehova, con los del séptimo día, los evangelistas, los baptistas, los rosacruces, los de la iglesia de la victoria, la iglesia de la resurreción, la iglesia de malah, los de pentecostés, la del unión de los corazones, la del fuego de jesucristo, y también, como no, al ateí­smo.

martes 30 de septiembre de 2003

Oku



La estación seca trae la calma. El fresco por la noche, el amanecer despejado.
Los habitantes de Oku abandonan los paraguas y salen al mercado. Las abejas acuden a los panales. En el mercado se vende lo recogido durante las lluvias. En las laderas de las montañas, aún los ríos vierten sus aguas al vacío creando colas de arcoiris entre el verdor.
El sol ahora golpea fuerte a mediodía sin el freno de las nubes, y ríe solo, ahora rey de los cielos.
La luna sonríe a su vez por las noches ya que los nimbos se marcharon a buscar las lluvias. Ahora ella es también reina y las estrellas reflejan su placidez.
Ahora es la época de los astros.
Ya no hay lugar para las blandas flores, que sin protección y sin lágrimas se marchitan mientras las abejas se apresuran a guardar el polen de las últimas corolas. Y los habitantes de Oku se apresuran en tomar su miel.
La época seca se avecina. Y todos se apresuran, antes de que el polvo de la tierra cubra las veleidades del azul cielo y ya no se pueda respirar.
Los astros se olvidan de los habitantes de la tierra, para triunfar en el cielo. Ahora sólo queda esperar el regreso de las nubes.

domingo 28 de septiembre de 2003

Canción a mi Luna


Hay tanto que contarte, mi Luna, tanto...
Que las palabras brotan con torpeza de mi boca cuando no caen en torbellino, porque tanto hay en mi, tantos anhelos que he de convertir en frases, que te he de mostrar coloreando imágenes, hay tanto...
Deseos que nacen, que brotan a cada paso de mi nacimiento.
Y sé que me falta gallardía, mi Luna, que mis pies están acartonados, que avanzan despacio, pero avanzan seguros, avanzan pequeños pero mirando lejano, mirando a quien gobierna el cielo estrellado, la noche, mirando a la emperatriz de las estrellas.
Será tu sonrisa mi guía. Luz de plata que me mostrará el camino a tu regazo.
Mis palabras encierran misterios que son albos. Mis palabras encierran formas que son puras, que son belleza. Como son también mis deseos, como son también mis sonrisas, reflejo de los tuyos, de las tuyas.
Sé que mis ropas, mi equipaje, están sucios y atados. Espera a que llegue a tus frescas aguas, ellas limpiarán el trasiego.
Que tú, mi Luna, ya me cubres de un manto blanco, de luz de plata. Y sé que ninguna bestia de la noche me podrá detener en el camino que he marcado a tu ternura.
Esta es ahora mi empresa.

sábado 27 de septiembre de 2003

Hoy


Hoy el alba ha nacido sin color
y Manengumba se inquieta;
abre sus dos ojos al cielo.
Uno verde,
el otro azul.
Y pregunta al cielo
- hoy pálido -
por los colores fugitivos.

Las nubes hoy están lejos
y jironean al estirarse.
Los vientos silban y empujan
y borran el camino de las aves,
que también marcharon.
El viento levanta la tierra que seca,
que va secando,
y una racha de polvo borra
las huellas de pastores
que también se llevan sus bestias
abajo.

Manengumba abre sus ojos claros
los abre sinceros al cielo y pregunta
¿dónde fueron los colores
de nuestro paisaje?

El cielo mira desde alto
Toma aliento para bramar
Y truena:
Ya no hay lluvia.
Me la he llevado.


Hoy comienza la estación seca.

jueves 25 de septiembre de 2003

Nigel Barley


Nigel Barley es un antropólogo torpe.
Un viajero que no quería viajar. Un erudito que no quería conocer.
Un inglés excéntrico (no se preocupen a él le gusta saber que los españoles le suponemos así) que hizo un viaje a Camerún.
Lo conoció por casualidad, cerrando los ojos ante un mapamundi y tirando un dardo; el azar quiso que se clavara en el pueblo dowayo.
Su poca convicción en los métodos epistemológicos le sirvió para poner en tela de juicio los trabajos de campo y así poder visitar aquel pueblo primitivo con inocente torpeza.
De su primera visita, sacó dos estudios: la tesis doctoral sobre los dowayos en Camerún que le valió el correspondiente progreso curricular y una novela bestseller, especialmente escrita para torpes y otros que nunca quisieron saber.
Disfruto leyendo sobre todo ese párrafo donde el antropólogo fue a desvelar los secretos del jefe de la lluvia dowayo, aquél que manejaba los vientos y las lluvias usando las piedras de la lluvia, las cuales resultaron ser canicas de vidrio de color. ¿Cómo justificar ahora su viaje a aquel lugar abominable, donde era además imposible tomar un té con leche?
Pero en seguida encontró una excusa para regresar a enfrentarse a una plaga de caterpilars (que es la palabra en pidjing para llamar a los escarabajos, y no a las orugas). Y se encontró con que ya no conocía a sus antiguos amigos dowayos ya que después de un año ya no llevaban la misma camiseta.
Por fin, se entrega al estudio de unas mastectomías inexistentes y al fin regresa al mundo civilizado donde toma un café pensando una nueva excusa para volver a África. Esta vez un sombrero fabricado en Camerún le da la pista.
Nigel Barley nos analiza rigurosamente el dedo del sabio a quién pregunta por la luna y uno se acaba preguntando si en definitiva esto es lo único necesario y suficiente que el discurso científico nos aporta.
Que nadie viaje a África sin haberlo leído antes.

Su dedo


Estando en Duala, vino a visitarme mi amigo JD Tagne. Hacía tiempo que no nos encontrábamos, me alegró volver a verle. En seguida estábamos hablando sobre temas interesantes que se pueden encontrar en internet.
Fuimos a un cybercafé y le mostré mi blog, manengumba, donde escribo sobre mi vida en relación con África. Lo estuvo leyendo un rato y sus reacciones me enseñaron mucho.
Leyó mi post sobre los proverbios bamilekes, su propia etnia, y sonrió al identificar aquella frase siempre escuchada de la boca de sus padres, ahora traducida en español, impresa sobre una pantalla y publicada en internet.
- La traducción es correcta, me dijo, pero a menudo se dice de otra forma.
Estiró su dedo índice hacia el cielo y dijo:
cuando el sabio señala la luna,
el hombre torpe sólo ve su dedo
.

martes 23 de septiembre de 2003

...y Futuro


Mi hija Araceli, Duala 8 de marzo 2003

domingo 21 de septiembre de 2003

Presente


Ni la acción de los misioneros, ni la imposición de la democracia acabaron con el sistema polígamo en África.
Hoy día, la poligamia es una opción matrimonial. Pero hay que elegirla y determinarla al casarse con la primera mujer. Al igual que la opción de bienes comunes o separados, está la opción de unión monogámica o poligámica.
Luego, en el hogar hay otras cuestiones que solucionar.
Cada mujer vive en su casa con sus hijos, pero todas en una porción de tierras heredadas o recibidas del jefe que se denomina concesión. La casa central es para el hombre y detrás están las de las mujeres. Aparte, están las casas de las viudas que dejó su padre, que se convierten también en cónyuges al recibir la sucesión.
Cuando el marido era un guerrero, éste se encontraba generalmente fuera de la concesión donde vivían las mujeres y apenas había problemas.
Ahora, que ya no hay más guerras que las económicas, el hombre suele permanecer en casa.
Ahora es cuando, para mantener la armonía entre las mujeres, entra en funcionamiento el ingenio del hombre de la casa. Aquí es donde el hombre ha de demostrar que la diplomacia es capaz de enfriar las guerras de celos entre sus esposas y sus respectivos hijos.
Se han dado casos de envenenamientos entre los habitantes de la concesión, debido a que el hombre no ha sabido manejar una simple discordia.
Muchas de estas concesiones hoy día permanecen vacías, pues las mujeres han huido de las presiones y de la lucha. Siguiendo el proverbio bamileke, mejor el frío, que la leña de la discordia.
En las ciudades, hay hombres adinerados que crean reducidas concesiones, pero la mayoría no serán nunca heredadas por su hijo sucesor.
Y es que por encima de la moral impuesta, hay algo que ha cambiado la sociedad africana y es simplemente, que los hombres ya no son esenciales, que las mujeres estudian y trabajan.
Y que también en áfrica estamos en el siglo XXI.

sábado 20 de septiembre de 2003

Origen


Los bamilekes conquistaron la cadena montañosa de bambutos en los tiempos en que los pueblos en Africa aún buscaban su lugar. En los tiempos en que el avance del desierto de norte a sur del continente empujaba unos pueblos contra otros y los del sur, contra la selva.
Los bamilekes sobre las montañas empujaron a los bassa hacia la costa, a los duala, a los beti al interior. Ellos detuvieron a los haussa que venían del norte y pelearon contra los bamún al este, para mantenerlos tras el río nkam. Al oeste tenían a pueblos guerreros superiores que les empujaban sobre las montañas.
A lo largo de los años y las guerras, los bamilekes eran un pueblo guerrero donde escaseaban los hombres.
Los jefes de cada familia agrupaban a sus guerreros y los entrenaba para defender las fronteras que los ancestros habían delimitado.
Las mujeres quedaban al cuidado de esas tierras, las hacían germinar y se ocupaban de los hijos.
Todas las tierras son del jefe, llamado Fo
Cada guerrero podía casarse con un número ilimitado de mujeres, dependiendo de la extensión de las tierras que el jefe le había otorgado por sus méritos.
Y cada mujer tenía una tierra, una casa, de las que era dueña y una docena de hijos a los que criar, ella sola. Su trabajo consistía en mantener los campos sembrados, procurarse de leña, mantener la marmita en el fuego y guardar agua fresca. De este trabajo ella era jefa y repartía responsabilidades con sus hermanas pequeñas y sus hijos mayores.
A esto es a lo que los misioneros blancos llamaron poligamia cuando llegaron.
Y entonces, comenzaron los desatinos.

jueves 18 de septiembre de 2003

Lo válido


Sólo es válido
aquello que es suficientemente grande
como para compartirlo


(Sabiduría tradicional bamileke)

miércoles 17 de septiembre de 2003

Comprendo


Hoy comprendo que me encuentro en Madrid, después de casi un mes de haber llegado, tal vez el tiempo que me hubiera llevado hacer el viaje en autobuses, haciendo la ruta de los pateros y asimilando la distancia del viaje.
Tomo el metro y me dirijo al centro. La puerta del sol me recibe llena de gente, todos en movimiento, desplazándose de un lado a otro, atravesándola por todas sus diagonales posibles, en silenciosas procesiones.
Veo senegaleses, que venden discos compactos sobre sábanas blancas atados por un asa en las esquinas, para permitirles la huída rápida.
Me siento extraño, extranjero, pero no me doy cuenta porque así me siento habitualmente en todas partes.
Cuando estoy en áfrica, al cruzarme con un blanco, un hermano de etnia, es inevitable que nos intercambiemos esa sonrisa de complicidad que lo dice todo.
Alguna vez, en la ciudad, conduciendo he visto un blanco caminando por un barrio no muy deseable y me he sorprendido a mi mismo parando el coche y preguntándole si todo va bien.
Ahora, voy caminando por carretas y me cruzo con un centroafricano que lleva una enorme bolsa blanca de plástico llena de bolsos de mujer.
Comprendo que son sus mercancías que acaba de comprar al por mayor en una tienda de importación china y se dispone a venderlas sobre una sábana.
Le miro a los ojos sin darme cuenta y él me mantiene la mirada. Luego la suaviza y acabamos por sonreirnos.
Ahora ya no me siento tan extraño en mi país natal.

martes 16 de septiembre de 2003

Albino


En áfrica, hay dos tipos de blancos, los buenos y los otros. Un "bon blanc", es un albino africano, un negro de piel incolora. Tradicionalmente, una maldición; actualmente, un marginado.
No sólo tienen la piel blanca, sino que ven con dificultad y sufren quemaduras solares. Un patito feo en el continente de la belleza. Una broma de la naturaleza, una travesura de dios. Una pesada carga para llevar a lo largo de una vida.
En otros tiempos, se les practicaba todo tipo de ritos de brujería para purificar a la familia que con su nacimiento había sido señalada, avisada de otras tragedias aún mayores, aún por avecinar.
Salif Keita es un albino que cambió su destino. Un albino que destruyó su maldición personal por medio de su voz, a lo largo de su soledad de rechazos repetidos.
Un "bon-blanc" que nos enseña la lección de la raza humana. Que nos enseña a cantar y a escuchar otros ritmos diferentes de los que estamos acostumbrados.

lunes 15 de septiembre de 2003

Codicia


Al pie de Manengumba, está la ciudad de Nkong.
El suelo volcánico le otorgó la fertilidad de sus campos y la promesa de la prosperidad, pero fue maldita por la codicia.
Alemanes, franceses y por último griegos fecundaron la tierra con cepas de café, miles, millones de arbustos que al ritmo de las estaciones secas germinaban sus flores y engendraban millones de sacos de grano verde de café: arábica en los lugares altos y robusta en los valles.
La fertilidad construyó la ciudad, la producción encaminó las vías ferroviarias de la ciudad del café hasta el puerto y la carretera no tardó en adoquinarse.
Bellas casas con jardín y veranda aparecieron para alojar a los extranjeros que iban llegando cada vez más y los coches hicieron también su aparición.
Los extranjeros enseñaron a los indígenas a trabajar y éstos recibían su sueldo en unas piezas de latón que los colonos fabricaban y llamaban kap. Uno de aquellos trabajadores, Samba Martin, formado en Alemania, completó el nombre de la ciudad, ahora llamada Nkongsamba.
La ciudad de la prosperidad, donde el café manaba de la tierra y se clasificaba y ataba en sacos y se cargaban en vagones de tren, todo a cambio de unas piezas de latón. A más demanda, más kap. Los colonos ponían sus tiendas, donde vendían aquellas maravillas del mundo perfecto de ultramar, a cambio del kap sudor de sus frentes: mecheros, cerillas, cerveza, camisas, radios, azúcar, arroz, pan, bicicletas, lámparas de petróleo, cubos de plástico, botellas de vidrio, cerveza, sombreros, semillas de patatas, semillas de maíz, aceite de palma, sartenes de metal, cacerolas de porcelana esmaltada, libros, lápices, pizarras, tizas, conejos, pollos y patos, cepillos de dientes, jabones y peines, cocacola fría, vino y coñac, más cerveza aún.
Luego llegó la descolonización, los extranjeros marcharon y abandonaron las tierras al nuevo gobierno, quien subvencionó las recompras a los dueños tradicionales y a los trabajadores emigrados de otras regiones. Los bamilekes se quedaron con las tiendas.
Hoy, Nkongsamba es una ciudad bella pero envejecida y olvidada. Los edificios no se han arreglado, el asfalto de las calles se rompe un poco cada día, las fachadas coloniales se manchan de lluvia, los coches, siguen allí, los mismos citröen dos caballos, modelo escarabajo de los años 60, las vías ferroviarias se desmantelaron. Hoy los agricultores, desentierran cafetales para plantar maíz, banana o palma. Y muchos se fueron a las grandes ciudades, Duala o Yaundé.
Pero ahora, ya no hay esclavitud en Nkongsamba.
Veulez-en savoir plus?
UPDATE
Aclaro que esta historia real no ocurrió durante la edad media, como alguno puede pensar, sino a lo largo del siglo XX, mientras que Marx escribía sus teorías sociales, mientras que ocurría en rusia la revolución bolchevique, mientras que se imaginaba la ciudad hipotética walden, mientras que se representaban las obras de Bertol Bretch, mientras que el Ché empuñaba su bandera, mientras que españa votaba en sus repúblicas, mientras que Freud hablaba sobre los sueños, mientras se construía el muro de Berlin, tras destrozar Hiroshima con una sola bomba, mientras cantaban los Beatles Lucy in the Sky with Diamonds.
Camerún se independizó políticamente de Francia y Reino Unido en 1960.

sábado 13 de septiembre de 2003

Mapa


Dedicado a Hernán González
En el valle, la manada de cebúes, se dirigía hacia la ciudad, Nkongsamba, que era también mi camino. Bajé la ladera y me acerqué a los pastores. No me miraron hasta que estuve a su lado, porque ya me habían percibido antes de comenzar mi descenso. Al llegar me sonrieron simplemente, seguros de que no conocía su lengua, cosa que así era. Saludé en lengua fulbé, que es pariente de la suya y ellos respondieron con sorprendida risa.
Caminar en compañía de un pastor mbororo y sus reses no exige ninguna explicación y en seguida me ofrecieron agua de una botella de plástico que uno de ellos llevaba atada a la espalda con una cuerda.
Después de beber, y de agradecerles sus atenciones, pregunté si iban a Nkongsamba y el más joven respondió en francés que no, que iban a Duala.
Eso está lejos, murmuré, y me respondieron con una sonrisa. Busqué en mi mochila un mapa que suelo llevar y se lo mostré. Fijaos, son más de doscientos kilómetros.
El pastor que sabía francés, agarró el trozo de papel que yo sostenía y se quedó un rato observándolo. Después, me lo devolvió sonriendo.
- Faltan muchas cosas en tu mapa. Me dijo. Faltan muchos nombres de lugares. Faltan muchos caminos. Las fuentes no están indicadas. No aparece ningún camino, sólo las carreteras. Tampoco están nuestros poblados, sólo las ciudades.
- A mi me sirve para no perderme, contesté.
- ¿Quién puede perderse aqui?, rió. Los caminos están correctamente trazados en el suelo. ¿Por qué mirar a un papel para seguir el camino que ya pisan tus pies?


jueves 11 de septiembre de 2003

Nómada



Ser nómada no es ser pobre, sino poseer todo el mundo y crearlo a medida que se avanza.
Ser nómada no es carecer de casa, sino vivir en muchas y construir otras.
Ser nómada no es ser libre, sino pertenecer a la tierra y unirse a sus leyes.
Ser nómada no es vivir solo, sino ser héroe de la vida, padre de una especie.
Ser nómada no es ser atrasado, sino maestro de las sendas, cartógrafo de la sabiduría.
Ser nómada es un camino posible.

miércoles 10 de septiembre de 2003

Basilé


De puntillas sobre la loma más alta de Manengumba, miro al suroeste. El sol anaranjea el mar de cielo a mi derecha.
De frente sobre nosotros, se encuentra Fako, el padre de los otros montes que me rodean. El mayor y el más poderoso de cuantos nos rodean. El monte Fako, el impetuoso, el que gimiendo y sangrando se elevó en el pasado de los montes desde el mar hasta las nubes. El que aún ha de crecer y desgajar la tierra.
Tras él, mi mirada se impregna de nuevo con la efigie negra de Basilé, el volcán que creó desde la profundidad del océano. El que hizo hervir las aguas. El que abrió el mar, para besar las nubes, para conocer a las aves, para sonreír al sol. El que empujó a su hermana la Caldera de Luba, para no estar solo, para crecer juntos hacia la luna, para escuchar juntos las canciones de los vientos.
Allí se posaron mis ojos, entre los dos montes hermanos.
- Sabes que si vas a Basilé, me dijo Manengumba, tendrás que abandonar tu caballo en el continente. ¿Lo sabes?
- Lo sé.
Y mis pensamientos se ensombrecieron.
Pero no dejo de mirar.
Allí es donde miran mis ojos, en estos días.

martes 9 de septiembre de 2003

La duda


Manengumba, la montaña que fue volcán, nunca duda. El conocimiento le ha sido dado y es inamovible, perfecto, concreto, global. Ve muy lejos y conoce todos los nombres de los árboles, de las grandes rocas, de las otras montañas, incluso las que yacen bajo las aguas de los mares. El resto de conocimientos los propagan las nubes y los susurran los vientos desde cualquier lugar del planeta. Cuando algo le falta, también la luna se lo canta de noche en voz baja.
-Así es Juan, tal como lo has dicho.
-Entonces, Manengumba, hay algo que deseo saber.
-¿Y qué es?
-¿Dios existe?
La montaña rió. "¿Esa es tu duda?"
Las montañas fuimos esculpidas y los árboles engendrados sobre la tierra. Luego comenzó la poesía de los seres efímeros.
Nacieron las aves, los peces y los cuadrúpedos. Nacieron los hombres.
De todo lo nacido, tan solo los hombres dudais. Ese es vuestro milagro.
- Y por qué el escultor nos hizo así, manengumba?, yo preferiría ser como los demás nacidos, vivir en la certeza, en la compañía, no sentirme abandonado.
- El forjador hizo a los hombres ignorantes, porque él mismo duda de su saber. Él espera de vosotros la respuesta a sus preguntas.

Nacer


Cuando es de noche sobre manengumba, el haz de luz blanca se alza sobre el valle de su cráter, iluminando cada onda de sus aguas frías.
Sentado, observo la fuente de la maravilla y mis ojos no desean dejar de inundarse de esta danza de ninfas sobre las flores de luna.
Me sonrío y al hacerlo, mis pupilas también titilan la magia. De la luz sobre las sombras; del fluí­do sobre la roca; la magia del sueño sobre mi locura.
Y entonces ya duermo, ya le entrego mi cuerpo a manengumba, para que me lo mezca, para nacer de nuevo, con el alba del sol de mañana.
Lavar mi cuerpo y mis ropas cansadas, sobre estas tus aguas y poder volver a reirme, a amar el día, a ser de nuevo el niño que era.

lunes 8 de septiembre de 2003

Excusas


De cuando en cuando, una barca que llegaba de la costa nos proporcionaba un contacto transitorio con la realidad. Unos negros empuñaban los remos.(...)Aquellos tipos gritaban, cantaban(...); tenían músculos y huesos, una salvaje vitalidad, una intensa energía de movimientos, que resultaba tan natural y verdadera como las olas que rompían contra la costa. No necesitaban excusa para estar allí. Era un gran consuelo mirarlos.


Así describe Joseph Conrad a los indígenas africanos en 1902 (El Corazón de las Tinieblas). Desde hace un siglo, no ha cambiado. Los blancos, como él y como yo, seguimos necesitando una excusa para estar en Africa.
La suya fue la atracción que le producían aquellos lugares en blanco en el mapamundi del siglo XIX.
Para mí, tal vez sea la atracción de lo primitivo, de dar con el núcleo puro de nuestra especie artificial, la búsqueda del hombre desnudo de adornos. Aprender, saber más, en definitiva.
Para los demás blancos, como ya denunciaba Conrad hace cien años, sólo hay una excusa: el dinero. Griegos, franceses, estadounidenses, peruanos, italianos, chinos, indios y algún español viven hoy repartidos por Africa con el fin de hacerse ricos, o al menos de ganar mucho más que en sus países de origen.
Pero no sería justo dejar a otro grupo de blancos: los misioneros. Sus excusas, son diferentes. Para algunos, el voto de obediencia, que respetan friamente. Para otros anunciar la buena nueva a los ignorantes. Ayudar, enseñar, organizar, construir. Todo son excusas, sin embargo. Excusas que cumplen y luego se van.
Por eso, cuando los miro, como Conrad, los africanos me dan mucho consuelo no solo por estar alli sin excusa alguna, sino por ser los que son dueños de ellos mismos, maestros de su medio. Reyes en sus palacios.
Anfitriones de invitados con el vientre demasiado dispuesto.

domingo 7 de septiembre de 2003

A Aimé Cesaire


Amigo Aimé, mi hermano poeta
Hoy te digo que a mi me salen tus cuentas:
que dos y dos son cinco
que la selva maúlla
que el cielo se alisa las barbas

Que yo también asumo mi raza
mis pretensiones
mi raza de hombres esclavos de vida
esclavos del café a las siete
del findemes.
De mi raza de hombres salvajes,
sedientos, tramposos
de muertos vivientes camisa y corbata.
A mi me salen tus cuentas.
Que danzar la vida no retrasa
apurado es quien va solo
perseguido es quien se escapa.
Asumo mi raza maldita de felicidad
que nunca se encuentra
que se deja olvidada en casa
al salir
que se guarda para que no se vea,
que se embotella y se sirve fría
con gas
para los que tienen tu sed.
Te respeto tanto, mi hermano mayor, Aimé,
que me salen tus cuentas
y ya me apresuro a crear el teorema.
Enseñar aritmética a las razas,
antes de que todos hablemos el mismo frío idioma.